Este proyecto nace de una profunda fascinación por la comunidad trans de Madrid, un universo que me deslumbra y me interpela. Una comunidad históricamente marginalizada y, al mismo tiempo, plenamente integrada en el pulso vital de la ciudad. Me acerco desde la conciencia de no pertenecer: soy una mujer heteronormativa que observa con respeto, con escucha y con el deseo genuino de comprender. Me atrae su luz —ese brillo que atraviesa la noche— y la fuerza con la que transforman el dolor en belleza, la soledad en presencia.

Raquelita fue mi guía y mi espejo. Me abrió las puertas de su casa, de su intimidad y de su círculo afectivo. En su confianza descubrí un territorio frágil y poderoso donde lo cotidiano y lo extraordinario conviven sin fronteras. A través de ella entendí que la identidad no es un disfraz, sino una forma de resistencia, y que el glamour puede ser también una armadura frente a la violencia simbólica y real del mundo.

No busco hablar sobre ellas, sino con ellas. Mi cámara no irrumpe: acompaña, escucha, espera. En los rituales de maquillaje, en las risas compartidas, en el cansancio y en el deseo, emergen grietas donde la humanidad se manifiesta sin artificio. Allí, en esos instantes suspendidos, se revela la complejidad de existir bajo la mirada constante de los otros.

Este trabajo es un gesto de admiración y de complicidad. Un intento de aproximarme al coraje cotidiano de quienes se reinventan cada día para afirmarse en su propia verdad.

En el reflejo de Raquelita también me reconozco: mi mirada se transforma al mirar.

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